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05/05/16

Las múltiples lecturas y vigencia de The Wall

Qué iba a imaginar Roger Waters que esta obra conceptual que viera la luz en noviembre de 1979 a través de Pink Floyd terminara trascendiendo fronteras, idiomas, idiosincrasias; logrando una matemática validación al adagio de que toda obra de arte sólo es efectiva cuando trasciende a su autor, cuando ya se olvida efectivamente su nombre y su persona, pasando a ser propiedad y emblema de un tiempo, un lugar... de la humanidad misma.


 

The Wall es una protesta, una denuncia filosófica, que habla al mismo tiempo acerca del muro que uno construye a sí mismo para no ser lastimado y de la educación que sirve como un molde del que valen las estructuras de poder y de cómo (y capitalistamente hablando) somos un número, una cifra, "un ladrillo más en la pared".

La idea del muro es elocuente, evoca ante nosotros inmediatamente un límite impuesto, una contención, algo infranqueable y que despersonaliza toda relación, toda posibilidad de acercamiento e intercambio; como así la dureza, la solidez, lo que está pensado en una estructura lógica en la que ya no cabe la libertad del sentimiento sino sólo la repetición hasta el hartazgo de un procedimiento.

Históricamente han desfilado muros como el de Berlín, la Muralla China o actualmente el Mexico–United States barrier que hablan de uno de los anhelos más primitivos de la mente humana: la separación, como el poder se ejerce a través de la imposición de límites y la propiedad se conserva a costa de construir una fortaleza en derredor.

De ese ejercicio vil de poder estaba teñida en esencia la denuncia de Waters, de ese sistema educativo que sólo formaba borregos como insertos a una sociedad donde ya estaba todo premeditado; de esos formadores de su época que estaban más abocados a una férrea disciplina inglesa más que a una educación práctica y realmente efectiva.

En el film "The Wall" (1982) de Allan Parker, Pink -psicológicamente alter ego de Waters-, el personaje principal, nos muestra con claridad cómo la educación lo va sumiendo en un progresivo aislamiento mental hasta sumirlo en una anestesia por lo que sucede en su vida y por el reconocimiento de los otros.

De todo esto podemos desprender una reflexión cotidiana y práctica: ¿Dónde hemos construido muros en nuestra vida para alejarnos del otro? ¿Nos cuesta tanto acercarnos que preferimos el aislamiento por comodidad? ¿Tanto tenemos perder? ¿La comunicación virtual es una excusa para no estar presente en las relaciones? ¿O en realidad el miedo opera en nuestra relaciones interpersonales y por eso nos hemos cercado?