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21/07/16

La otra Mercedes

A 81 años de su natalicio, y a 7 de su ausencia física, Mercedes Sosa es uno de los mayores íconos que dio el folclor argentino y latinoamericano. Indiscutible figura que no perdió vigencia a pesar de su ausencia física; pero contrastando con esa celebridad una vida atravesada de reveses y desconocida para la mayoría, que habla de una capacidad excepcional de superación propia del humano: seguir adelante aunque sea con el alma hecha añicos.


Haydée Mercedes Sosa era descendiente de diaguitas calchaquíes nació un 9 de julio de 1935 en la ciudad de San Miguel de Tucumán, vaya paradoja justo el día y la ciudad donde se declaró nuestra independencia, y dos semanas después que el “Zorzal criollo”, Carlos Gardel, hubiera fallecido en un fatal accidente de avión.

Su hogar estuvo marcado por la humildad, ya que su padre era obrero para la industria azucarera mientras que su madre una sacrificada lavandera para las familias acomodadas del Jardín de la República.

La contrariedad de su historia comienza con su nombre, el cual sus padres habían acordado como María Mercedes; pero otra fue la historia, ya que su padre al llegar al registro civil su padre la anotó como Haydée. Mercedes recuerda así este acontecimiento: “Mi mamá dice que mi papá se olvidó mi nombre adrede cuando me fue a inscribir al Registro Civil. Y me puso Haydeé Mercedes en vez de Marta Mercedes. Mi mamá quería que de primer nombre yo me llamara Marta. Así sin hache: Marta. Claro, como es lógico, en mi casa mandaba mi papá, pero claro, como es lógico, siempre se terminaba haciendo lo que quería mi mamá. Y entonces todos desde que me recuerdo me vienen llamando Marta. Soy la Marta, y me gusta mucho más ser la Marta que Mercedes Sosa. Esto nadie lo cree, pero es así... Al final, puertas adentro las cosas son como las madres quieren, y puertas afuera son como la gente manda. En mi casa definitivamente soy la Marta. Para la gente definitivamente soy la Negra”.

Su debut musical, a la temprana edad de 15 años, también estuvo signado a partes iguales por alegría y rigor: “Yo andaba por mis 15 años. Mi papá y mi mamá, que eran muy peronistas, aprovecharon un tren gratis a Buenos Aires para celebrar el 17 de Octubre. Yo quedé cuidada por mis hermanos, más suelta. En la escuela faltó la profesora de canto y la directora me dijo que íbamos a cantar el Himno Nacional y que yo tenía que ponerme adelante y cantar bien fuerte, para que todos me siguieran. Sentí vergüenza, pero canté: ahí debuté. Ese día también faltó la profesora de labores y con mis compañeras fuimos a LV12, donde había un concurso. Mis compañeras me empujaron para que cantara. Por temor a que se enterara mi papá me llamé Gladys Osorio. Canté Triste estoy, de Margarita Palacios. Cuando terminé, el dueño de la radio me dijo: "El concurso concluyó y lo ganaste vos". Y seguí cantando en la radio. Hasta que un día mi papá me descubre y me llama y me dice palabras que escucho ahora: "¿Le parece bonito eso de andar metiéndose en la radio? ¿Eso es lo que hace una señorita criada para ser decente? Gladys Osorio, venga, acérquese. ¿Tengo que felicitarla? Míreme a los ojos. Que me mire a los ojos le digo”.

15 años después, en 1965, vendrían dos hechos trascendentales en la vida de la Negra que traerían dolor y alegría a partes iguales. El primero la acompañaría como sombra hasta sus últimos días y resultaría imperdonable: Su primer marido la abandona con su hijo pequeño, dejándola en una situación económica y sentimental bastante comprometida: “Yo no dejé ese matrimonio. Él me dejó. Me abandonó con Fabián, con mi chiquito [...] Una chica tucumana se casa para toda la vida. Eso me destruyó.”

El otro acontecimiento es su debut en la quinta edición del Festival Folclórico de Cosquín, lo que marcaría el inicio de su masividad.

Mercedes Sosa caería progresivamente en un exilio: primero impuesto a raíz del Golpe Militar, con sucesos tan fuertes y violentos como las sucesivas prohibiciones y persecuciones y el decisivo de una noche de 1978: cacheo y detención junto al público asistente en medio de un recital; lo que la llevaría a radicarse en Francia en 1979 y más tarde en Madrid.

El otro exilio fue autoimpuesto: la muerte de su segundo marido Pocho Mazitelli fue durante su estadía en Francia y ese hecho la reunió durante mucho tiempo con la idea de  terminar con su vida. A esto se sumaría la muerte de su madre, lo que la llevaría a un aislamiento personal progresivo para ocultar su dolor, y en un marco existencialista digno de un volumen de Sartre: sentir la soledad en medio de las multitudes.

Una Negra brillaba en los escenarios y el mundo la reverenciaba y admiraba, otra vivía arañada el alma por el dolor.

Y nos preguntamos cómo puede uno volver de nuevo siempre, reinventarse, nacer de nuevo al amor y alegría luego de cada dolor, ese caminar descalzo de alma entre tantos afilados pedregales… y en sus palabras se desliza la clave: “Cantar me cura y me alumbra”.

Que este amor y entrega a lo que hacemos sea el antídoto contra lo severo de la vida; nunca perdamos esa rebeldía de realizar a cualquier precio lo que amamos.