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04/12/17

Los tres caudillos más grandes de La Rioja y el país

Muchas fueron las décadas que pasaron hasta que recién a principios del siglo pasado historiadores más imparciales y estudiosos de los caudillos comenzaron a revalorar el papel que estos tuvieron en el medio siglo que duraron las guerras civiles (1820-1870).


Juan Facundo fue el primero sobre cuya figura intelectuales como Adolfo Saldías, Peña, etc. abrieron brecha con estudios académicos de singular significación pero recién en 1935 al cumplirse los cien años de Barranca Yaco convocados historiadores, filósofos y demás ante su mausoleo en La Recoleta comenzó realmente un largo periodo de reconocimiento, de estudios de todo tipo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado. Quizás el trabajo que más popularizó la figura de los caudillos riojanos fue el que utilizando la radio hizo conocer durante varios años el doctor Juan Zacarías Agüero Vera que dio una profunda difusión a nuestros principales caudillos. En la década del 60 otro historiador no riojano pero con raíces provincianas como Félix Luna en su obra “Los caudillos” escribió sobre Artigas, Ramírez, Quiroga, Peñaloza y Varela. En estos cinco caudillos sintetizó las diversas facetas de estos denostados caudillos que merecían un mejor y más profundo reconocimiento en Argentina. Cabe anotar la labor de Dardo de la Vega Díaz con su libro fundamental “Mitre y el Chacho”, Héctor Barrionuevo en su labor de búsqueda documental dando a conocer mucho de lo que hicieron Peñaloza y Varela. Y podemos citar un pequeño y sustancioso libro del Dr. Elías Ocampo sobre Facundo. Luego vendrían los congresos realizados conjuntamente entre las Juntas de Historia de La Rioja y Catamarca en 1963 (sobre el Chacho) y en 1970 (sobre Varela).

Juan Facundo, estadista

El “Facundo” de Sarmiento escrito a la ligera y con ánimo denigratorio se convirtió en una aproximación falsa pero popular a la figura de Quiroga. Pero lo que hizo con maldad se convirtió en la mejor novela de la literatura latinoamericana del siglo XIX, haciendo de Facundo un personaje denostado pero universalmente conocido.

Don Juan Facundo no fue ni el tigre de los llanos, ni el sanguinario y brutal caudillo ni el odiado y temido protagonista de muchos encuentros, batallas olímpicas y derrotas singulares. Fue y le cabe la denominación exactamente un caudillo popular e inteligente que supo aprovechar su prestigio y su indudable poder para mostrar más que nada que era en sus concepciones políticas un verdadero estadista, en el sentido de ser un pensador que vio las posibilidades ciertas de sacar a La Rioja de su pobreza secular para convertirla en un estado posible y desarrollado. Leer los documentos sobre el tema de la explotación minera en La Rioja con el objetivo simple y claro de convertirla en la mayor troqueladora de moneda que pudiera ser utilizada en todo el ámbito de las Provincias Unidas del Sud, instalando en La Rioja una ceca (fábrica para producir moneda), importando maquinaria de última generación de Europa y trayendo técnicos calificados para hacerla lo muestra no como un caudillo que buscaba perpetuarse en el poder sino como un riojano consciente de las enormes posibilidades que tenía La Rioja en tanto en cuanto su producción de moneda de alta calidad se impusiera en todas las operaciones comerciales, industriales y de consumo popular. Lo que hizo en este sentido es el mejor ejemplo de la política que comenzó a implementar este riojano conocedor profundo de la realidad del interior. Los hechos que siguieron al fusilamiento de Dorrego el estallido definitivo y cruel de las guerras civiles que ensangrentarían durante más de medio siglo a nuestro país, la oposición del puerto a que este precioso instrumento de desarrollo como era la fabricación de moneda quedara en manos de La Rioja, las derrotas de la Tablada y Oncativo y otras muchas causas hicieron que esta singular empresa fracasara totalmente.

El puerto no podía y menos aún con Rosas dejar que las provincias buscaran los medios de salir de la pobreza de la miseria a la que las había llevado las guerras por la independencia. El puerto siguió ejerciendo su omnipotente y egoísta política para doblegar y postergar las expectativas de los pueblos del interior.

Don Juan Facundo no tuvo la valoración por su obra en los tiempos que le tocó actuar pero vista su acción con una perspectiva equilibrada e histórica su figura sobresale sin duda sobre todas las de su época y es un buen ejemplo de la reciedumbre de carácter y de la inteligente valoración de la realidad como elementos necesarios para el buen gobierno. El Quiroga de los combates de las persecuciones, de las arbitrariedades ha dejado paso al fin al estadista y al hombre que vio un futuro posible para su pueblo.

Chacho Peñaloza, consecuente

Sin duda Ángel Vicente Peñaloza es de todos los caudillos de acá y del país el que destaca por su humanidad y su consecuencia inclaudicable en la defensa de su pueblo y de sus ideas. Discípulo consecuente de Quiroga no tuvo duda alguna al asumir con responsabilidad su participación en la Coalición del Norte que fue sin duda el movimiento de oposición casi triunfal al totalitarismo de Rosas que vio tambalear seriamente su omnímodo poder. Peñaloza al igual que la mayoría de los riojanos participó en estas jornadas, la migración y el ostracismo fueron las consecuencias. No fue fácil la vida de este llanisto pero en tiempos de la Confederación estuvo muy unido a Urquiza al que consideró como el jefe indiscutido del partido federal y hacia el que tuvo una fidelidad absoluta que ni la traición ni el olvido de don Justo José lo llevaran a claudicar ni arriar las banderas federales.

Después de Pavón (1861) comienzan los años en los que la figura de Peñaloza adquiere relieve nacional y es que a consecuencia de la indudable claudicación en la lucha de Urquiza, de la aceptación a rajatabla de la política que impuso el general Mitre y el olvido absoluto de lo que quería y esperaba el interior, Peñaloza es casi el único que sigue levantando bien alto el sentido de las banderas federales y es así que a consecuencia de esta tozudez de esta profunda consecuencia de su accionar, el Chacho se convertirá en el más odiado jefe provincial al que había, en palabras de Mitre “aplicar la guerra de policía” es decir se lo consideró un verdadero bandolero, un insurrecto, un salvaje e irresponsable borracho al que había que eliminar de manera absoluta.  Lo que no pudieron preveer los jefes del liberalismo porteño es que Peñaloza se convirtió en el más escurridizo, e inhallable enemigo y así luego de intentar muchas veces aplastarlo debieron aceptar el Pacto de la Banderita (mayo de 1862) que fue sin duda el más abierto reconocimiento a la imposibilidad de derrotar al ya por entonces legendario caudillo de los llanos riojanos.     

Desconfió Peñaloza de la sinceridad de los hombres del puerto y fue así como pocos meses después y viendo la continuidad de la política de arrasar a todas las oposiciones del interior que Peñaloza reiniciaría su lucha convocando en ella para que asumiera la jefatura del federalismo al general Urquiza. Este negaría una y mil veces ante Mitre que tuviera algo que ver con esta reanudación de la guerra civil aunque tímidamente hablara de los excesos que la represión provocaba, pero el señor de San José vivía en su retiro de Concepción del Uruguay haciendo mil negocios y llevando su fortuna a ser considerada la más importante de Sudamérica ¿Qué podía apreciar este plutócrata a un pobre y lejano gaucho que seguía empeñado en oponerse a la hegemonía portuaria? Esta fue la más vil e inhumana traición que se le hiciera a Peñaloza. Una carta que recibiera Urquiza asesinado ya el caudillo es la demostración más dramática y brutal de hasta qué punto Urquiza abandonó la bandera federal y traicionó a este humilde y noble gaucho que nunca creyó en la traición de su jefe.       

Felipe Varela, americano

Hombre de trabajo, arriero, carnicero, molinero y militar cuando los tiempos lo exigían es en resumen la vida de este hombre que tuvo una participación esencial en los últimos tiempos de las guerras civiles. Su máxima gloria será a partir de la denominada revolución de los “colorados” movimiento de protesta del interior que se iniciara en Mendoza a fines de 1866 y que tendría a Varela como uno de sus principales dirigentes. La razón principal de este movimiento de insurrección popular fue la generalizada protesta contra la guerra del Paraguay y el reconocimiento a un movimiento americano que tuvo su expresión en todos los países que se manifestaba en el rechazo a un nacionalismo bélico y pequeño levantando nuevamente las ya viejas banderas de la Patria Grande, que en su momento llevaran muy conscientemente San Martín, Belgrano, Güemes, Sucre, O´ Higgins, Bolívar, etc.

Pozo de Vargas (10 de abril de 1867) fue una de las causas de la derrota del federalismo que tuvo también a la traición como una de sus principales razones. Algo que se dejó en el olvido, suponemos que a sabiendas es el ofrecimiento de Varela al presidente de Paraguay Solano López de participar el movimiento montonero junto a los paraguayos enfrentando a los ejércitos mitristas en la denominada Guerra de la Triple Alianza. Esta no fue como tantas y reiteradas veces se ha afirmado una guerra por la defensa de la soberanía, fue única y exclusivamente el último capitulo de las guerras civiles, pues Paraguay en el sentimiento profundo del pueblo argentino era un componente más de aquella gran nación que en su momento pensaron como posible Bolívar y San Martín. Por ello el primer alzamiento de los contingentes que iban a la guerra del Paraguay se produjo en Catuna y lo encabezó un humilde peón rural, Aurelio Zalazar. Si hubo un americano en toda su concepción de lucha fue sin duda Felipe Varela, consciente de que esa guerra fraticida y todos los enfrentamientos que ya habían ocurrido y ocurrirían tiempo después de su muerte se originaban en ese falso y absurdo nacionalismo, alentado por las potencias hegemónicas que hicieron olvidar por muchos años que la Unión Americana no era un cuento sino que era una valiosa herramienta de unión y progreso de Iberoamérica. Varela por ello tiene un proyección bien interesante a la hora de valorar su figura histórica.

Conclusión 

Algo que es común a estos tres caudillos es que más de cien años debieron transcurrir para que finalmente sus figuras surgieran del olvido, de la marginación y del ninguneo y se convirtieran en referentes de un pasado heroico y necesario de estudiar y recordar pues más allá de sus muchos errores lo que dejaron fue un interesante y valioso legado de ideas de progreso, de posturas ideológicas profundas y de una muestra absoluta de amor a su pueblo y a sus responsabilidades históricas.