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14/01/18

Las revelaciones del libro de Michael Wolff sobre Donald Trump

Fire and Fury es un enorme bestseller y un lapidario retrato de “un idiota” en la presidencia que es cruel, sexópata, autista, incapaz de leer una carilla, perezoso y uno de los peores administradores jamás vistos..



El mejor resumen del libro es una frase anónima y repetida por amigos, conocidos y hasta familiares del presidente de los Estados Unidos. “Trump es Trump. El es Donald...” va el casi refrán, generalmente acompañado por algún gesto resignado y queriendo indicar que el hombre no tiene remedio, que nadie puede cambiarlo, siquiera entenderlo. El demoledor retrato de Donald Trump que traza el periodista Michael Wolff en su libro “Fire and Fury” casi desafía la credibilidad y, de hecho, da ganas de no creerlo. La idea de que Wolff tenga razón y que una persona así este al frente de la primera potencia mundial es simplemente inquietante. Pero la evidencia se acumula y se termina creyendo que el empresario de los medios Rupert Murdoch, insospechado de cualquier progresismo, tiene razón cuando dice que Trump “es un idiota de mierda”.

Wolff es un experimentado periodista con varios libros en su haber, pero este resultó una espectacular bomba y un bestseller inmediato. Medios como el New York Times o el Washington Post cuestionaron su metodología, básicamente porque Wolff raramente cita la fuente específica de una frase o situación. El autor lo explica con el simple recurso de la fuente “coral”: muchas situaciones en el libro fueron reconstruidas hablando con muchas fuentes, que se confirmaron mutuamente. El otro cuestionamiento fue una suerte de negación a creer que alguien tuviera tanto acceso a la Casa Blanca. En el prólogo, el autor explica que simplemente nunca se registró como periodista y que se pasaba los días en la famosa Ala Oeste, donde trabaja el equipo presidencial, gracias al espectacular desorden de la presidencia Trump. Bastaba que alguien te diera una cita para entrar -ni siquiera había una secretaria que te llevara al despacho específico- y no había ningún control sobre dónde uno iba y con quién hablaba. Todo el mundo se acostumbró a verlo, todo el ando asumió que se podía hablar con él y todo el mundo se tranquilizó porque se hablaba para un libro, no para publicar al día siguiente. Todo bien, hasta que salió el libro.



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