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28/09/18

Divagar nerudiano existencial en torno a ciertas primaveras

En el colectivo, la niña sonríe desde uno de esos asientos que, a veces, como en este caso, permiten la gracia de mirarnos la cara. Desde el regazo de su madre, fijamente me observa leer un rato y yo imagino que quiere que le lea. Pienso que hace poco una amiga poeta, de largo peregrinar por las aulas, me comentaba que es muy raro, por no decir nunca, que a la sucesión de lecturas que nos acompaña con suerte en la infancia la corten los mismos niños, que sean ellos los que pidan a los adultos que dejen de leerles..



En el colectivo, la niña sonríe desde uno de esos asientos que, a veces, como en este caso, permiten la gracia de mirarnos la cara. Desde el regazo de su madre, fijamente me observa leer un rato y yo imagino que quiere que le lea. Pienso que hace poco una amiga poeta, de largo peregrinar por las aulas, me comentaba que es muy raro, por no decir nunca, que a la sucesión de lecturas que nos acompaña con suerte en la infancia la corten los mismos niños, que sean ellos los que pidan a los adultos que dejen de leerles.

No, son los adultos los que hacen caer el telón, los que pasan la posta más bien como algo instrumental, como si hasta entonces sólo hubieran hecho de apoyo de un minusválido y, de esa forma, al final niegan la magia de encontrarse en el placer de leer y de escuchar a leer a otro. El niño, ahora “grande”,  aprende a callar el pedido porque no puede explicar el regocijo que le produce ese “Había una vez…” y  debe demostrar y demostrarse que puede leer por sí mismo, que es hábil, competente, y que las historias de los libros contadas por otros son cosas para los ingenuos, para los más chiquitos.

La niña sonríe y me mira con ojos grandes, acercando su cabecita al libro. Yo abandono definitivamente las páginas porque entonces advierto la glamorosa corona de flores. He visto algunos de estos artefactos cosméticos en la foto de ciertos perfiles de las redes sociales, obtenidas a partir de los filtros. Me parecieron exageradas, ridículas, lamentables. La de la niña no. ¿Por qué es niña? ¿Por qué me cae simpática, me sonríe y me mira leer? ¿Porque las flores, aún las de tela, lo mismo que los libros y los diarios, me gustan más en formato tradicional? Quizás y no tanto. Lo que siento es alivio de que la realidad sea en esta ocasión más moderada que la ficción y que llevar una corona de flores en la cabeza sea posible sin parecer una maceta en fuga, un  masacote de pétalos como una torta glaseada aplastada y mal parida, unas ganas terribles de cerrar puertas y ventanas y que sea por siempre invierno, un invierno nuclear, una devastación completa del orbe.

Bella niña que refrescas mi espíritu amable de primavera. Claro, primavera. Por eso tanto alboroto. Ha llegado la primavera. Por un momento, lo había olvidado. Como para cerciorarme, y también por decirle algo porque ya me estaba poniendo nervioso, corroboro con la pequeña princesa: “- ¿Primavera?” Posibles respuestas: 1)  “- Más vale, huevón” 2) “No si gua’ ser una maceta recién escapada de un vivero” 3) “Mamá, el señor de barba me está molestando” Pero, lo dicho, la niña es buena. La niña está aquí para reafirmar mi fe en el mundo. Y dice: “Shí, primavera”. Comprobado. Puede que en este colectivo me haya tocado ir a trasmano, es decir, mirando para el lado opuesto del 90 por ciento de los otros pasajeros, lo que equivale a un viaje un poco trastocado hacia el pasado, bastante movilizante, que obliga a reorientarse.  Pero ya estoy  a tono y hacia adelante. Debo tocar el timbre, bajarme, llegar a la casa y buscar los libros para el ciclo de lectura de la radio. Antes de hacerlo, acaricio la cabecita de la niña con sumo cuidado. Flores. De tela. Mejores que las de filtro. Primavera.

“la primavera es como un espejo pero el mío tiene una esquina rota / era inevitable no se iba a conservar enterito después de ese quinquenio más bien nutrido / pero aun con una esquina rota el espejo sirve la primavera sirve”

El que habla es Santiago, uno de los personajes de la novela “Primavera con una esquina rota”, que Mario Benedetti publicó por primera vez en 1982. Santiago es un preso político de la dictadura que golpeó a Uruguay en 1973, al principio escribe “intramuros”, desde la cárcel, a Graciela, su mujer y a Beatriz, su hija, la que lleva la cuenta de las estaciones. A Santiago lo aprehendieron en primavera. Su familia está exiliada, su familia está cambiando. Él pasa cinco años detenido. Luego escribe “extramuros”, liberado por una amnistía, viaja hacia el reencuentro. Viaja en primavera. Y entonces escribe sobre su primavera con una esquina rota.

“el astutísimo neruda preguntaba en una de sus odas / ahora primavera dime para que sirves y a quién sirves suerte que me acordé / para que sirves / yo diría que para rescatarlo a uno de cualquier pozo / la sola palabra es como un ritual de juventud / y a quién sirves bueno mi modesta impresión es que servís a la vida / por ejemplo pronuncio simplemente primavera y me siento viable animoso viviente”

Que la primavera es un espejo es una excelente metáfora. Hay una época en la vida en la que la primavera aparece como esa niña con flores en el pelo y uno se la encuentra de frente sí, pero mientras viaja en gran parte, en su mayoría, mirando hacia atrás, hacia el pasado. Entonces compara y/o advierte, entre añoranzas y recuerdos, lo que quisimos que fuera, lo que pudo haber sido, y lo que finalmente fue, sus propias esquinas rotas, los magullones, las heridas que fueron quedando, que uno va transportando, y por eso, aunque todavía “viable animoso viviente”, uno comprende que ya no está  entero como antes.

Igual se renace. Aunque sólo sea porque es lo único que uno sabe hacer. Y nada ni nadie puede impedirlo. Ni el miedo, ni la tristeza, ni el dolor, tampoco la misma muerte.

“el miedo es el peor abismo y sólo uno puede arrancarse del pozo agarrándose los propios pelos y tirando hacia arriba / de a poco se va aprendiendo a no tenerle miedo al miedo / muy de a poco / entonces si uno le hace frente el miedo huye”, dice Santiago convencido.

Y además: “al final el dolor provoca más miedo que la muerte / incluso se puede avizorar la muerte como un definitivo analgésico pero siempre hay un pedacito de primavera que se resiste”.

Es la contracara del espejo con una esquina rota. El de la muerte también con una esquina rota. El de la vida florecida y jamás vencida. Herida por la que se florece.

“la primavera no está todavía ahí al alcance de la mano / la primavera no llegará mañana pero acaso pasado mañana / reagan neutrónico y tozudo no podrá impedir que la primavera llegue pasado mañana”

La esperanza solo puede asentarse en la firme conciencia del presente. Ese al que a veces despertamos con violencia, en los peores crisis. Lo que más que el contraste hacia el pasado, entre las expectativas, los cálculos y lo que se procura inútilmente entero, nos entrega el inconmensurable, y al mismo tiempo inmediato, valor de vivir.

“durante cinco años lo más estimulante fue el sol”, concluye Santiago en una línea. Y el sol, la época, las circunstancias, nos remiten a Camus. La respuesta del escritor francés a lo que consideró el problema central de toda filosofía: “juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla”.

Amar la luz, pese a todo. Albert Camus y su reino de sol en “El primer hombre” a mí me dice más que las conclusiones a lo planteado en el “El mito de Sísifo”. Me dice, en realidad, de un modo más concreto y me pone más en claro la afirmación de que “la única dignidad del hombre se encuentra en la rebelión tenaz contra su condición (absurda), la perseverancia en un esfuerzo considerado estéril”. Una elección consciente y apasionada por la vida: “las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas”.  Y la primavera es ese espejo.

“Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, le hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice ‘sí’ y su esfuerzo no terminará nunca. (…) Sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por la muerte”.
 

La primavera es ese giro. El reverso necesario. El premio de la victoria.

  • Entre 1954 y 1959, cinco años, el poeta chileno Pablo Neruda escribió con absoluta libertad, de restricciones ajenas y de sus propios barrotes, el ciclo de las “Odas elementales”, cuatro libros que ciertos críticos suelen ubicar entre sus obras menores. Porque lo leen poco. Porque lo entienden menos. Porque son sólo críticos.

Pero no hace falta que yo ni nadie defienda lo que Neruda, la poesía de Pablo Neruda, sostiene por sí misma. Me interesa mejor marcar, con otro grupo de escritores más que críticos, que las odas pertenecen al periodo posterior al Neruda de “Residencia en la tierra” (1925-1935), obra clave que señala un antes y un después en el centro de su arte poética, en sus concepciones.

Desde la primera de las odas, titulada “El hombre invisible”, Neruda asume el modo de concebirse como poeta al hacer una  contraposición risueña con “los viejos poetas”, entre los que distingue a uno como su propio “hermano” (reflejo).

“y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él suba y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un  panadero,
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante”.

 

Neruda mismo ha sido ese poeta tenebroso, maldito, llevando con gran dificultad su cruz. Y más que nada lo fue en “Residencia en la tierra”, libro del que varios años después renegó abiertamente.  “Considero dañinos los poemas de Residencia en la tierra. Esos poemas no deben ser leídos por la juventud de nuestros países. No ayudan a vivir, ayudan a morir”, sostuvo. “El viejo poeta” es él visto desde el Neruda maduro que aspira a ser cada vez más invisible para que todo pase y le diga, y le cuente cosas, para que él las cante.

“No puedo
sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tienen
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.

Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza”.


Juan José Saer, quien prologó una de las ediciones de las Odas, sugiere que una de las explicaciones de la abundancia y el contraste de la obra nerudiana se debe a que el poeta chileno formó parte de esos autores que van resolviendo interiormente a medida que ejecutan.  Un talento dinámico que requirió de etapas para desenvolverse acabadamente.

Entre Residencia en la tierra y las Odas elementales, está la construcción épica de Canto General. No obstante, es en las Odas que Neruda “encuentra una libertad expresiva y temática, una fluidez lírica y una especie de euforia que sugieren, después de muchos desgarramientos, históricos y personales, una reconciliación con el mundo”, anotó Saer. A través de ese “vagabundeo lírico que hace del mundo entero su objeto” y que a veces roza la antipoesía, “la materia  desmembrada y caótica, reducida a puro magma de Residencia en la tierra, recobra aquí, en la plenitud de la reconciliación, su forma y su sentido”.

Por su parte, Abelardo Castillo, quien a su vez estuvo encargado de prologar en la misma colección Residencia, recuerda la impresión que le produjo ese libro “inmenso y secreto”.  Para los de su generación, Neruda era -sobre todo- “el poeta maldito y hermético de Residencia en la tierra”.

Castillo advierte que la mirada del autor de las Odas no se diferencia en absoluto en su actitud poética ante lo real de aquel que antes, tras sus paseos “con ojos, con zapatos, / con furia, con olvido”,  constataba: “sucede que me cansó  de ser hombre” y lejos de las estrellas, es cierto, pero tampoco inmerso en la vida del océano y las panaderías, se centraba en el hastío:

“paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias”.


“Neruda acecha el mundo y dice lo que ve”, afirma Castillo. Ese es su don. “Sólo que en Residencia en la tierra lo que ve del mundo es siempre atroz”. Su mirada, en ese libro, está dirigida a  “la muerte y su obrar”.  Lo que viene después de esta contemplación descarnada de la “noche sin fin, siempre en marcha” (Camus), de la “desintegración” más absurda,  de esa unidad esencial de todo  en la destrucción por el tiempo (Castillo), más que una conversión poética, es -y así lo destaca el autor de “Crónica de un iniciado” – una “elección existencial”, una especie de resurrección:  “el único milagro posible”.

“La clave última de este libro hay que buscarla fuera de sus palabras: hay que buscarla en Neruda. Pablo Neruda era el poeta que se asesinaba y renacía con la misma naturalidad cíclica con que hombres y animales duermen, sueñan, se despiertan y vuelven a dormirse y despertar”, expone Castillo en ese prólogo.

Resurrección, renacimiento, resurgimiento cíclico natural, son para mí formas que sugieren a la primavera, se desprenden de su sentido interpretativo. Y será el Neruda que esta vez fija su mirada de cazador en la multiplicación de todo a partir de que “todo está preparado / el viejo sol supremo / el agua que habla”, el que se preguntará:

”Ahora,
primavera,
dime para qué sirves
y a quién sirves.
Dime si el olvidado
en su caverna
recibió tu visita,
si el abogado pobre
en su oficina
vio florecer tus pétalos
sobre la sucia alfombra,
si el minero
de las minas de mi patria
no conoció
más que la primavera negra
del carbón
o el viento envenenado
del azufre!”.


Ocurre que desde aquel “habitante de sí mismo”, surgirá un deseo ferviente de unirse, ir hacia las manos del pueblo y “repartir los bienes escondidos”, de transformar las cosas y liberar al hombre

“de miseria
polvo,
harapos,
deudas,
llagas,
dolores”


(todo lo fui atravesando camino a la radio, cargado de libros, desde aquella niña sonriente hasta los gestos serios, cargados de preocupaciones, desde aquella esquina rota hasta esta otra esquina, también rota)

De que la primavera, “luz desencadenada”, “máquina transparente”,  “yegua verde”, ¡son tantas las imágenes de Neruda!,  con su frescura, con su abundancia, haga “brillar la tierra recién pintada” y entre en todas las casas “sin descartar la dicha de otros hombres”

“llegarás,
llegas,
te veo
venir por el camino:
ésta es mi casa,
entra,
tardabas,
era hora,
qué bueno es florecer,
qué trabajo
tan bello”.

 
Y entonces.
Primavera.
De ida y de vuelta.
Primavera.
De ahora.

 



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