
En distintas medidas a los campeones les cambió la vida para siempre. Por eso hay ausencias y por eso se entiende que los que quedaron en el equipo no tengan aún el foco apuntado..
Que Argentina vive un nuevo escenario en el mundo del tenis desde que el 27 de noviembre el croata Ivo Karlovic terminó devolviendo largo un saque de Federico Delbonis sobre la cancha rápida del Arena Zagreb, es una verdad indiscutible. Y si el panorama cambió para siempre el año pasado no fue por los títulos conseguidos por Juan Mónaco (Houston), Delbonis (Marrakech), Diego Schwartzman (Estambul) y Juan Martín Del Potro (Estocolmo) o por las extraordinarias y emocionantes actuaciones del propio tandilense en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, donde obtuvo la medalla de plata, o en Flushing Meadows, cuando trepó hasta los cuartos de final. La gran diferencia, el salto gigante, lo dio esa misma Copa Davis que el miércoles a la noche, en la cena oficial del match ante los italianos, descansaba en un costado tenuemente iluminado de uno de los salones del hotel Embajador, en la zona de Retiro. Allí, custodiada celosamente por su valor ecónomico -aunque nadie se anima a arriesgar cuánto cuesta ese armatoste de plata y nogal que pesa 105 kilos y mide 1,10 metros desde la base hasta la famosa ponchera que, por un pedido de Dwight Filley Davis, finalmente se le terminó encargando a Rowland Rhodes, un artesano inglés que diseñó un trofeo con la mejor plata de principios del siglo XX y cuyo costo original fue de apenas 200 libras- sino por su incalculable valor deportivo.