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La cruda realidad de la lucha contra el hambre en merenderos y comedores

Crece la pobreza y la asistencia no da abasto. Cientos de miles de niños, niñas y adolescentes se ven afectados en el país por la pobreza multidimensional. En La Rioja se incrementa el número de merenderos y comedores, donde atienden hasta adultos. Esa solidaridad se ve reforzada por quienes aportan donaciones y ayuda para llegar al plato de comida diario, como la Iniciativa de Banco de Alimentos.



“Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera”. Así lo refleja el periodista Martín Caparrós en su ensayo El hambre (Alfaguara, 2015), donde describe la situación desesperante de quienes no pueden evitar la escasez de alimentos básicos para subsistir. “Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”, describe el autor. Del hambre verdadera, de quienes la padecen, y de quienes se esfuerzan por combatirla a diario a través de la solidaridad trata esta nota.

En su último informe sobre la pobreza en Argentina, difundido a  fines del mes pasado, la Universidad Católica Argentina (UCA) alertó sobre el crecimiento de la pobreza infantil. Un 41,2 por ciento de los niños, niñas y adolescentes menores de 17 años, esto es 5.000.000 de chicos, viven en hogares que no llegan a cubrir la canasta alimentaria básica y carecen de al menos uno de sus derechos fundamentales: alimentación, saneamiento, vivienda, salud, información o estimulación temprana /educación.

En su aspecto multidimensional, el aumento de la pobreza infantil fue de cuatro puntos entre 2017 y 2018. Esto es, se sumaron 600.000 menores. Si se tiene en cuenta sólo el aspecto monetario, los chicos pertenecientes a hogares de escasos recursos alcanzan un 51,7 por ciento; los que están privados del ejercicio de algún derecho fundamental llegan al 63,4, es decir, seis de cada diez. El desglose de la estadística general indica que en un 8,7 de ese 63,4 por ciento puede detectarse un déficit en el acceso a la alimentación.

Primera línea de combate

Pocos pueden decir que la desconocen. Y aún en estos tiempos de posverdad sería una auténtica proeza antiética negarla. Lo duro, lo realmente duro, está en quienes la experimentan. Contrapuesto al desconocimiento y lo antiético, en la otra vereda, se manifiesta el compromiso: el de quienes están cerca, deciden aliviar el hambre de otros, sostienen como pueden -con la solidaridad por sobre todo- comedores y merenderos barriales. El hambre es el enemigo.

Esa “la primera línea” de un arduo combate, el que se da por llevar hasta el que necesita un plato de comida. En muchos casos, en un principio, esos comedores y merenderos surgieron destinados a niños de familias numerosas. Ahora también se suman los adultos y familias completas. Todos los que no llegan a comer en casa una quincena o la otra, o bien, más dramático todavía, ninguno de los días de ese mes que cuentan con angustia alargando los magros ingresos, siempre insuficientes.

“Si usted viera en qué estado de necesidad llega hasta aquí la gente”, dice Deolinda del Rosario Bazán, quien en el barrio 20 de mayo, a la vera del río Tajamar, convirtió el merendero que administra junto a varias vecinas en un Centro de Integración Familiar. Allí, desde hace dos años, estas mujeres -con apoyo y donaciones de personas solidarias- brindan de lunes a viernes la merienda a más de 30 niños y a quienes se sumen. No conformes con eso, los asisten en sus tareas, les dan clases de inglés y les organizan actividades artísticas.

“Hay mucha hambre y carencias, gente que realmente no tiene. Ahora hay muchos más que antes”, señala. Preguntarle qué es lo que más solicitan las personas, es presumir una especificidad que termina diluyéndose. “Necesidades en todo sentido, creo que más que nada es la pobreza”. La pobreza así de amplia y contundente. Y contra eso, Deolinda y sus compañeras esgrimen una convicción aún mayor: “los niños necesitan nuestra ayuda, amigo, (remarca “nuestra” y “amigo”, comprometiendo a todo el que se aproxima), más que nada, nuestro amor, están muy desprotegidos”. Sueña con un día poder instalar el Centro en un lugar que no esté tan expuesto a la amenaza del río cuando llueve, de la oscuridad, del desamparo. Sueña y su sueño espanta la soledad de muchos y genera fe en quien la escucha.     

El banco que junta para dar

Brenda Alives es estudiante universitaria. Junto a un grupo de compañeros y amigos conformó hace un tiempo el grupo Jóvenes Solidarios. Anduvieron por barrios y asentamientos, colaborando, escuchando, distribuyendo donaciones, solucionando pedidos urgentes. Un día, Brenda descubrió la Red Argentina de Bancos de Alimentos. Y la Red descubrió a Brenda. Viajó a interiorizarse hasta el banco más cercano a La Rioja, en Santiago del Estero. Volvió decidida, enamorada de la idea. En ese momento nació la Iniciativa del Banco de Alimentos La Rioja y el grupo pasó a institucionalizarse como asociación civil: “Todos para dar”.

En la Red de Bancos de Alimentos de la Argentina (RedBdA) confluyen todos los bancos de alimentos del país, unas 23 organizaciones, distribuidas en 13 provincias. Al mismo tiempo, se incorporan nuevas iniciativas, como la de La Rioja. La función de estas entidades, explica la directora ejecutiva Natascha Hinsch, “es rescatar alimentos que por algún motivo perdieron valor comercial pero que están aptos para consumo humano y los entregamos a otras organizaciones que colaboran y les dan de comer a personas que están en situación de vulnerabilidad”.

Hinsch aporta números impactantes: “en Argentina tenemos mucha gente que necesita alimentos, hay desnutrición y malnutrición, y por otro lado, hay más de 16 millones de toneladas de alimentos (según datos del Ministerio de Agroindustria de la Nación) que se desperdician por año. En eso nos centramos los bancos de alimentos, en busca de reducir ambas cifras”. Un razonamiento lógico, de sentido común. Pero con hambre nada es lógico. Porque no tiene sentido, justificación alguna. Porque duele.

Nota completa en la edición papel de este lunes