
En el barrio Bicentenario, uno de los más populosos de Aimogasta, Santiago junto a su esposa Karina pusieron en funcionamiento, en su propia casa, el comedor comunitario Efraín, donde a diario concurren unas 200 personas, entre niños y adultos. Lo hicieron inspirados por la fe y la solidaridad, hoy varios vecinos del barrio conforman con ellos un grupo fortalecido que da pelea contra la miseria.
Santiago Moreno y Karina Nieto llevan 20 años juntos y tienen cuatro hijos. Como parte de la Iglesia Evangélica, consustanciados con los valores cristianos, esta pareja decidió hacer algo para combatir el hambre y las carencias que parecían haberse asentado para siempre en muchas de las humildes viviendas del barrio Bicentenario.
Contemplar cómo la miseria quebraba proyectos de vida y afectaba a los más vulnerables, los niños, llevó Santiago y Karina a reaccionar. No esperaron a tener condiciones más favorables, abrieron un comedor comunitario en el reducido espacio de su propio comedor humilde. Lo abrieron de corazón. Y lo vieron extenderse como un abrazo auxiliador que cada vez cobija a más personas.
“La olla se nos fue quedando chica”, cuenta Karina, mostrando la olla que empezaron utilizando, de dimensiones medianas, y agradeciendo el que les hayan donado una más grande. “Empezamos con 15 personas hace seis años y ahora tenemos un promedio de 200 por día”, especifica. Desde allí extiende al equipo de Medios EL INDEPENDIENTE varios platos de guiso de arroz, humeante, exquisito. Cuando las familias empezaron a asistir casi completas, sobre todo madres con sus pequeños, empezaron a sumarse voluntarios. Entonces fueron organizándose en un grupo que recibe donaciones, realiza colectas y beneficios, cocina y colabora hombro a hombro con Santiago y Karina.
Municipio presente
A ese espacio llegó también la ayuda del Estado, a través de la gestión de la intendenta Florencia López, que hoy les asegura contar con los insumos suficientes para brindar a todos el plato de comida diario y los acompaña en la iniciativa de levantar un Salón Comunitario, donde no sólo haya lugar para los cientos que asisten al comedor, sino que también puedan realizarse actividades deportivas, recreativas y artísticas, además de un espacio verde y una huerta. Ese proyecto ya está en marcha.
“La intendenta se portó muy bien con nosotros”, dicen los voluntarios agradecidos, “es mujer y es la primera autoridad que se acerca de esta manera a nosotros, se puso inmediatamente a nuestro servicio cuando supo lo que hacíamos”, elogia Santiago.
Más adelante, explica que a veces el servicio del comedor va más allá y conociendo la situación precaria de muchas personas que no pueden llegar hasta el lugar, entre todos juntan dinero para la nafta y envían un vehículo que distribuye la comida.
“Nos topamos con gente que realmente no tiene para comer y que viene y nos dicen ‘por favor, ayúdenme aunque sea con un plato de comida porque no nos alcanza’. A veces a estos barrios la gente no quiere venir a colaborar. Nosotros le solicitamos a la intendenta cuando nos está faltando un poco más y ella enseguida nos asiste”, remarca Santiago.
Dar hasta más no poder
El amplio tablón donde a partir del mediodía, después de la escuela, empiezan a arremolinarse numerosos niños, observados desde cerca por los adultos, se sostiene sobre cajones vacíos de bebida. La precariedad está a la vista, pero las grandes ollas y las sonrisas de las mujeres la dejan bajo la mesa, arrinconada.
“Empezó siendo una copa de leche, somos evangélicos y cuando tomamos el desafío de ayudar a la gente más necesitada de este barrio nos parecía imposible hacerlo, pero empezamos. Así se fueron sumando más personas”, cuenta Santiago y tiene clara la respuesta sobre qué lo inspiró: “me inspiró la misma necesidad, porque yo sé lo que es pasar necesidad, cuando muchas veces no teníamos qué comer. Entonces uno advierte la forma en que puede ser útil, pasando por eso”.
El barrio Bicentenario es uno de los sectores más vulnerables en Aimogasta, la mayoría de los residentes viven de changas y constituyen familias numerosas. “Ahora nuestra idea es tener el salón para poder contener a más personas, porque seguro vamos a tener más demanda y queremos sentirnos útiles, creemos que estamos preparados y capacitados para hacerlo, la gente que colabora con nosotros nos da esa seguridad”, dice de forma insistente. Ya ni cuenta el número de ayudantes que se sumaron al grupo.
“Preparamos como primera entrada una sopa y después tenemos listo el menú de lunes a viernes que va variando entre guisos, arroz, polenta, locro, fideos y más. Los comercios nos colaboran también y con la ayuda de la intendencia tenemos la comida garantizada”, cuenta con satisfacción Karina. “Damos hasta más no poder, hasta que esas ollas se quedan vacías”, acota Yanina Nieto, una de las voluntarias, “y lo que quisiéramos también es no quedar sólo en el comedor sino también poder ayudar a generar trabajo para la gente”.