
Raúl Fernando Caiguara perdió la vida el viernes 31 de mayo, cuando viajando en una motocicleta por ruta provincial Nº 12 protagonizó un trágico accidente. Su muerte causó mucha tristeza en la comunidad chileciteña al igual que en Medios El Independiente, ya que por más de 30 años vendió en esa ciudad nuestro diario. Su hermano Ángel lo despidió con un emotivo mensaje.
Tal como lo expresara Diario El Independiente en una nota publicada el domingo 2 del corriente mes. Profunda tristeza causó en el seno de este medio de comunicación y en especial de la agencia Chilecito, el fallecimiento de Raúl Caiguara, quien vendió EL INDEPENDIENTE por más de 30 años.
Raúl solía decir cuando era consultado por su trabajo “vendo el diario prácticamente desde niño”. Durante todos los días, salía en su bicicleta o motocicleta a vender el diario, actividad por la que era muy conocido en esta ciudad, asimismo era una de las personas que vendía la quiniela, por lo que también era reconocido.
Con lluvia, sol o viento, allí estaba Raúl para distribuir el matutino, además, de la relación por esa actividad, compartió con miembros de la agencia Chilecito otras actividades como partidos de fútbol, asados e incluso formó parte del equipo de fútbol con el que la agencia Chilecito del diario, participó en diversas oportunidades en los campeonatos de los medios de comunicación.
Desde Medios El Independiente y desde la Agencia Chilecito, se le hace llegar a la familia de Raúl, nuestro más sentido pésame y se ruega por una cristiana resignación.
Asimismo, Ángel Antonio Caiguara, hermano de Raúl, que viajó desde Pico Truncado, Santa Cruz, lo despidió con las siguientes palabras: “Mi hermano Raúl, era para mí mucho más que un hermano mayor, mucho más que un amigo, un mentor, un buen padre, un buen hijo. Mi hermano, era ese amigo con el que podes compartir cosas, confiarle tu vida, era ese hermano con el que podés contar siempre, siempre, era ese padre que lo daba todo por sus hijos, que ese trabajo no lo veía como sacrificio, sino como un deber de padre, un amor de padre, y dios sabe cómo amaba a sus hijos y dios sabe cómo trabajaba.
Estoy muy triste, triste de estar cayendo cada vez más en esta realidad, mi hermano murió y estoy viajando a despedirlo, poco a poco, a medida que van pasando las horas voy entendiendo que se fue, que ya no va a estar más, que no lo voy a ver más, pero no quiero ser egoísta, no quiero serlo, él va a faltarle a sus hijos, y es lo que me duele más.
Paso a contarles que mi hermano y yo nacimos en Chilecito, pero por necesidades de trabajo estuvimos en varios pueblos, mis padres vivían de pueblo en pueblo buscando un futuro para nosotros sus hijos (6 hermanos, entre ellos mis dos hermanas mayores y cuatro varones), buscaron hasta que por un accidente laboral de mi padre, volvimos a Chilecito, Raúl tenía como 7 u 8 años, ya no recuerdo muy bien, él tuvo que trabajar de muy pequeño en la calle, yo lo acompañe en el trabajo pero un par de años más tarde, pero él era el mayor de los varones, se tuvo que hacer de abajo, de muy abajo, tuvo que crecer tan rápido, tuvo que hacerlo tan rápido, aprender a sobrevivir, a pelear por su trabajo a estar en un lugar donde solo había grandes.
En los 90 ya trabajábamos juntos en el diario El Independiente, mi padre retiraba los diarios y nosotros repartíamos casa por casa y en las esquinas, Raúl ya conocía el oficio y lo hacía muy eficientemente, tenía que trabajar y estudiar, yo era más quedado, pero él me ayudaba no me dejaba atrás, me defendía cuando tenía algún problema en la calle, me enseño a cuidarme, a conocer las ventajas de trabajar en la calle, de conocer gente, fuimos muy cómplices, tal vez porque éramos muy próximos en edad o porque me veía débil, pero Raúl siempre estuvo para mí, siempre me cuidó, ese era su trabajo más pesado. Luego ya de grandes, mayores de edad, Raúl fue padre, tuvo a su primera hija, mi primera sobrina, formó su familia y vinieron más niños, trabajó muy duro, muy duro para que no les falte nada.
No conozco a otra persona con esa fortaleza, esa energía que no se agotaba, vendía diarios, trabajó en el campo en la tierra, vendía quiniela, trabajaba de albañil por las tardes, estaba terminando de hacer su casa, ladrillo a ladrillo; su único pasatiempo jugar al futbol los sábados a la tarde.
Estos últimos años también quise buscar mi lugar en el mundo, crecer y demostrarle que había aprendido bien, que podía defenderme solo, entonces me fui, pero una vez que me establecí volví,…volví y ya solo podíamos disfrutar de lo que habíamos logrado cada uno por su lado, mis hijos, sus sobrinos, sus hijos mis sobrinos, cada uno de ellos posee una parte de nuestra sangre, somos familia, y familia no solo por apellido sino que nos unimos más como hermanos, cada vacaciones era ir a su casa y quedarme horas charlando, compartiendo algo, nuestros hijos jugando, mi familia y su familia una gran familia.
No puedo estar más triste y más completo a la vez, no nos debemos nada Raúl, disfrutamos cada uno de los momentos que pudimos disfrutar como hermanos, no nos quedó nada pendiente, comimos y bebimos juntos, compartimos nuestra felicidad, te estreche la mano con un apretón bien fuerte la última vez que te vi, nos miramos y nos dijimos todo lo que nos podíamos decir en la vida. No nos debemos nada hermano, viaja en paz, viaja tranquilo, que lo diste todo, soy testigo de que no quedó nada pendiente. Ya no conoceré a nadie más con esa fuerza inagotable, trabajador incansable. Hasta siempre…”