
La destrucción de elementos que son parte del uso comunitario es una constante en distintos sectores de la ciudad. Desde lámparas de alumbrado hasta juegos y mobiliario de plazas, monumentos y arbolado, como así también cestos de basura y garitas de colectivos. Cuando faltan, los vecinos los reclaman. Cuando están, corren el riesgo desaparecer en manos del vandalismo.
La desaprensión, la violencia, la actitud destructiva, cruzadas de manifestaciones provenientes de ¿la anomía social?, ¿la manifestación anónima del inconformismo?, ¿la pura expresión de la irracionalidad?, ¿una forma fanática y distorsionada de entender el partidismo?, y dirigidas en contra de bienes que pertenecen a todos, sólo puede dejar pérdidas.
La Rioja no se caracteriza por ser una de las ciudades más limpias del país. La permanente conformación de microbasurales, el descuido respecto a los horarios establecidos para la recolección, la costumbre extendida de arrojar residuos en donde sea, constituyen una problemática cultural que también tiene su correlato –y en ocasiones hasta su justificación- en la falta de cestos de basura en distintos sectores de la ciudad.
Sin embargo, cuando se los coloca, poco duran. Ya sea en una plazoleta, en un paseo, o en una vereda frente a la misma Alcaidía Policial, los cestos para la basura son unos de los blancos preferidos del vandalismo. En ocasiones, resulta fácil destruirlos. Basta un fuerte empujón, una patada. Tan fácil como es complejo desentrañar por qué alguien se dedicaría a semejante daño, y por qué escasea el compromiso a cuidar lo que es público.
Al final, si el perjuicio se repara, si el elemento se repone (porque a veces ni eso) el gasto y el esfuerzo que ello demanda no es de algunos, sino que también corresponde a todos.