
Aquél mareo cuando se paró para salir a pelear por la medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Lima, fue sin duda, uno de los últimos indicios del anunciado desenlace. Ella, era consciente de todo lo que le estaba sucediendo.
Ese pinzamiento que no la dejaba dormir. Esa hernia que noche tras noche la torturaba sin dejarla pegar un ojo. Sus descansos eran cada vez más espaciados. Sus entrenamientos cada vez más adaptados. Algo, que comenzó como una molestia, tomó control de su cuerpo. Y en ese momento que decidió no presentarse al combate, su realidad cambió: 'algo había que hacer'.
Paula Pareto es sin duda una de las deportistas más ganadoras del país. Es una atleta completa, tanto arriba como abajo del tatami. Es positiva, fuerte y tenaz. Tal es un hambre de gloria que eligió vivir amarrada a esta molestia, que se convirtió en dolor, durante años. La trató con procesos paliativos, que aminoraba su dolor para poder competir, pero no eran la solución. La hernia en la quinta y sexta cervical, y ella estuvieron presentes en numerosos torneos, y en todos las tuvieron como protagonistas. Este año, alcanzó cuatro grandes consagraciones. Se colgó las medallas de oro en el Grand Slam de Ekaterimburgo y en el Panamericano de su categoría, se subió al podio en el Grand Prix de Montreal y finalizó séptima en el Mundial de Japón, tras el episodio de los Juegos Panamericanos. Pero puertas adentro, la judoca sufría.
Al Mundial en tierras asiáticas viajó cómo pudo. Fueron más su fuerza de voluntad y pasión quienes combatieron, que ella. Pero los puntos que otorgaba la cita eran importantes pensando en su gran objetivo: clasificar a los Juegos Olímpicos Tokio 2020. “Te mata vivir así. Cansa sufrir todo el día por lo mismo”, dijo tras su séptimo puesto en una entrevista con Clarín. Palabras sinceras, salidas del alma. Por eso había que parar y barajar de nuevo.