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28/11/19

La Ñusta

Lo cierto es que llegaba navidad, y ese clima festivo mezclado con el calor infernal de los llanos riojanos no quitaba las ganas a los niños de cantar en los pesebres del pueblo. El padre Federico, cumplía una especie de amansamiento y claridad espiritual haciendo su trabajo en estos paramos..



Por Antonio Díaz

Olvidar la verticalidad,  reconocer en el hijo de Dios  cualidades de un líder político cuyo mensaje era despertar conciencia  y distribuir las riquezas de forma equitativa  como el mana o las codornices   que llegaron  todos por igual en el éxodo, era inadmisible para la curia que coqueteaba con el poder   en  1977.  Todavía en el aire se respiraba humo, miedo, sangre y el silencio aterrador provocado por  las balas que no se sabía cuál era su destino donde impactarían,  pero aturdían.  Palabras como comunidad, imperio, derechos,  eran obscenas, reflejaban  una parte del hacer de  esa iglesia que no quería migrar, dejar corazones vacíos o huecos en las almas  por no dar esos abrazos interminables que entendían el dolor, tragarse los miedos , el llanto  sin pronunciar palabra alguna. 

La consigna fue clara y precisa, todos los niños debían hacer  sus panderetas, los toc toc, los triangulitos, buscar en sus familias, amigos del barrio alguien que  los acompañe  con la guitarra y cantar en los pesebres. Adorar al niño con villancicos heredados de  España , entreverados  con  algunos  autóctonos que reflejaban la vida en el  árido riojano, recortaban un tiempo profano y lo resignificaban  en la novena del  Salvador  recreando una guardería en la mesa tendida bajo un viejo chañar . Los pueblerinos   asisten a esta celebración de la fe con los ojos cargados de esperanzas   rogando que  llegue la justicia y las lluvias. Llevan en sus manos  curtidas por el desencanto  flores de cardón, jugosas tunas, pan casero,  algarroba nueva,  como ofrendas a esa mesa que compartirán. También  llevan un nudo en el corazón, las lenguas rotas y retazos de homilías  que suenan como truenos en la soledad de la noche pero no pueden repetirse por temor al “nuevo orden” que asecha.

 Es en ese breve instante donde solo es necesario   un chispazo  para encender  la  luz de la  conciencia, ver  las relaciones asimétricas del poder  que dejan a miles de personas  como un número en las estadísticas y  engrosan las pirámides con sus datos matemáticos, fríos y objetivos. Para los íntimos, la familia, los amigos  queda   el registro de alguna foto, un apodo, una anécdota, el nombre sencillo que fue nombrado millones de veces  sin gastarse. Para los otros señores  este pueblo que camina  es   casi nada, un nadie,  o  solo  una cifra en folios apilables.

Lisandro, morenito   de   cabello oscuro cortado bien prolijo, de  carcajadas frescas por donde  se cuela el sol dejando ver  esas ventanas del  niño  que se  va  perdiendo, le dijo al padre Federico -quiero cantar al niño Dios y aprender más de Jesús  yo voy  hacer  mi pandereta para cantarle  fuerte, ya vera padre que le va a  gustar tanto que los  coyoyos  se va a quedar mudito, ya va ver eso, y se fue.

 Construyo su pandereta con unos chapitas de una gaseosa llamada Ñusta, que se elaboraba en la ciudad de Chamical. Estaban guardadas en un frasco grande esperándolo para iniciar la fina tarea de construir el gran instrumento de adoración. Afanosas manos  de niño fueron  cuidadosamente perforando en el centro  de cada tapa de la Ñusta y luego  enhebro una por una en un círculo de alambre oxidado que trajo del corral de los cabritos. Su fijación  con   el  numero 33 era innegociable, ésa debía  ser  la cantidad precisa para  suene tan fuerte y armoniosa que despierte cierta envidia en los otros niños su pandereta. El frasco solo contenía 30 chapitas y  nada más. En su pequeña obsesión  busco por las calles  y hasta el único  negocio del pueblo  las 3 que le faltaban   hasta completar el  mágico número cargado de poder según su necesidad.

Con la sonrisa grande llego el día del ensayo de los villancicos ante el padre y  doña  Audolia. Saco la pandereta y comenzó a agitarla con fuerza, golpearla contra su mano mientras enardecido levantaba su voz en cada canto. No tenía ritmo, ni oído musical, pero si las ganas de alabar a ese Jesús que trae esperanza en cada Navidad y con eso bastaba.

En el quinto villancico, el cura Federico  lo calmo tocándole un hombro y le dijo - Lisandro déjame ver tu pandereta un ratito. La examino cuidadosamente y  apuntó -¡ amiguito aquí está el grave problema!.  Los ojos marrones achinados del niño se llenaron de dudas y agua. -En medio de las Ñustas se metió el imperio, mira estas son las  3  chapitas que desafinan porque la Coca-Cola   no tiene  amor en el sonido, solo ruidos que a las otras  apabulla. Sacaremos estas 3 que están de más y veremos como todo cambia. Sus chapitas pequeñas  sonaban diferente a las de los botes de aceite que tenían los otros chicos en sus círculos de  alambre.

Al otro día  Audolia que había escuchado en el almacén del pueblo por boca de la  madre del niño, la tristeza que cargaba Lisandro por el fallido ensayo, le llevo las chapitas  faltantes perforadas así  resuenen  esas  ñustas , llenando al  pueblo de melodías sencillas y abriendo en el cielo surcos de promesas para las nuevas semillas.



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