
Detrás de muchas miradas tristes, como la de algunas chicas y chicos, se oculta una historia muy compleja de digerir. Más difícil aún de tragar si, además, los seres más queridos insisten en negarla.
Por Pilar Ferreyra
La conocí a través de una de mis hermanas; pero nos hicimos amigas mientras tomaba clases de escritura conmigo. Su objetivo era aprender a contar algo más que epígrafes para los centenares de fotografías que ha acumulado en su archivo personal. Para moverlas en las redes sociales con textos que iluminaran su voz.
Entre las dos se dio un encuentro profundo. De modo que ella tuvo la confianza de contarme sus alegrías y sus tragedias. Entre sus buenas venturas, que se había animado a tirarse en paracaídas. Que había vencido su vértigo. Que había aprendido a vivir del diseño gráfico en forma autodidacta. Y que había logrado sortear los pesares que suponen meses y meses de obra. Cual batiéndose en el aire, cubriendo el living y las habitaciones de polvo. Que había logrado hacer de su casa su refugio, su palacio, su sueño.
Entre sus tristezas, que se había separado de su última novia y que la extrañaba mucho. A pesar de que sabía que había sido una decisión correcta. Otro pesar, que una vecina, la que vive en la vivienda que colinda con la suya, la ha hostigado por ser lesbiana. Durante años. Que ya había tenido un episodio de violencia con ella, y que hace poco más de un mes, sin razón alguna más que la discriminación y la locura, la había golpeado con violencia. Hecho traumático que concluyó en una denuncia penal.
Entre confesión y actos de honestidad, me contó el más doloroso de sus pesares. Que un tío, cuñado de su padre, la había violado entre los ocho y los dieciséis años. Que Jemima (nombre de ficción para guarecer su identidad), masticó en silencio ese platillo podrido, ese disparo infame al alma. Que recién a los dieciséis años logró, al menos, frenar su penuria; diciéndole a su mamá que jamás volvería a visitar a su abuela paterna. Lugar donde una y otra vez él la toqueteaba asquerosamente, y ya, un poco mayor, la penetraba dejándola casi muerta para sí misma.
Su madre y su padre se habían separado cuando ella estaba siendo gestada. Él no estaba de acuerdo con su llegada al mundo. El abuso fue, pues, casi como “el castigo divino” por haber nacido. El abusador era pariente de su padre. No, de su madre. También me contó que tanto su familia materna como paterna, era feligresa de una iglesia evangélica del centro urbano de la ciudad de Córdoba. Que en ese mismo templo evangélico había encontrado una psicóloga que, a cambio de la promesa de nunca contar nada de lo que ella le confiara, fue la primera persona en el mundo en conocer su padecimiento. Pero la profesional, incumpliendo todos sus pactos éticos, contó en una reunión de profesionales de la salud mental lo ocurrido. Como los asistentes a ese evento también eran feligreses de la misma iglesia, fue fácil asociar a Jemima con lo ocurrido. Y el escándalo trascendió las paredes.
La traición de la psicóloga concluyó en su revictimización. Un día, poco antes de una misa, con apenas 19 años, con la presencia de su padre, su madre, el tío abusador, la esposa de su verdugo, la psicóloga, una psiquiatra y el pastor, la citaron para carearla. Para que contara delante de todos ellos, lo que su tío le había hecho durante ocho años. Como siempre ocurre en estos casos, contó una mentira. Dijo que jamás había ocurrido nada. ¿El corolario? Fue obligada a pedir perdón a su abusador sexual. Le pasó lo que está escrito hasta en los manuales de abuso sexual: Presionaron al extremo a la víctima, que salió de la impiadosa situación con una mentira. Así, todos, menos ella, seguirían durmiendo tranquilos.
Aún hoy su corazón peregrina con ese dolor, que cambió su vida por completo. Sin justicia, sin consuelo. A pesar de lo que, Jemima es una mujer de un gran poder en su corazón y en su espíritu.
Lo que a Jemima le pasó es un mal que aqueja a cuatro de cada diez niñas y dos de cada diez niños en nuestro país, según alumbran los libros especializados. A gente como uno.