
Hay personas cuyas habilidades están por encima de la media. Cualquiera diría que tienen la varita de Harry Potter en sus manos. Con lo que tocan hacen maravillas. Sorprenden de tal forma con sus capacidades que, los demás, pierden de vista que esa perfección puede salir muy cara.
Por Pilar Ferreyra
La conocí cuando mi hijo tenía un año y medio. Era alta, robusta, de piel cobriza y pelo lacio muy negro. De habilidades para el cuidado de la casa que alcanzaban niveles de excepcionalidad.
Daniela había nacido en Paraguay, tenía 29 años y vivía en la Provincia de Buenos Aires. Los lunes por la mañana llegaba a mi casa y regresaba a la suya los viernes, cuando se reencontraba con su marido, repartidor de gaseosas y vinos y, según ella, “su más grande enamorado”.
Mientras yo no estaba, ella se hacía cargo del cuidado de mi bebé, de la comida y del resto de los quehaceres cotidianos. Era buenísima. Planchaba como los dioses. Jamás usaba almidón ni nada parecido, pero la ropa quedaba tiesa como si jamás se hubiera arrugado. Entre sus dedos y su energía había algo de magia. Lavaba la lechuga y la secaba con tal técnica que cualquiera hubiera pensado que acababa de cosecharla. Era también una especialista limpiando la casa.
Trabajaba cama adentro bajo un contrato formal por el que cobraba lo que la ley ordenaba. Parecía estar contenta. Lo único que me inquietaba es que nunca hablaba con nadie en español. Hablaba por teléfono en guaraní. En consecuencia, yo no entendía un pepino.
Un buen día mi bebé se enfermó de gastroenteritis. Me resultó extraño porque todo lo que comía era lavado con cuidado, los objetos para alimentarlo estaban siempre limpios y se pasaba lavandina sobre los muebles de la cocina. Al poco tiempo volvió a tener la misma infección. Y a las tres semanas se enfermó otra vez de lo mismo.
Entre infección e infección, perdí de vista un juego de sábanas de bebé sin estrenar. Otro día, dejé de ver unos suetercitos. Otro día desaparecieron tres pares de escarpines, dos jogging y varias cosas más. Y como Daniela había estado afligida porque estando muy lejos una de sus primas había tenido familia, admito que ese hecho, además de la desaparición de la ropa infantil, y los sucesivos episodios de gastroenteritis, fueron menguando mi confianza en ella.
Un día descubrí que cuando se tomaba el franco de los miércoles, no regresaba a su casa. Se encontraba con su amante. Un detalle que a mí no me incumbía. Pero no me gustaba formar parte involuntaria de una mentira.
Un sábado, buscando unos documentos, bajé del placard una valija de madera que cerraba con combinación. Encontré la combinación falseada y, faltaba una medalla de oro.
Mi casa no era muy visitada. Mis jornadas laborales eran muy largas y los fines de semana, si acaso, venían amigas. Así que, atando cabos, comprendí que entre Daniela y la desaparición de los objetos había una relación.
La despedí pagándole la indemnización correspondiente y sin explicitar causas. No quería escándalos y me imaginaba que con lo corajuda que era, ella podría haber armado una escena perfectamente peligrosa.
Al año, un vecino se topó conmigo en la calle: “No te quise contar antes por no ser chusma”, se excusó y luego se extendió, “pero la chica, esa morocha linda, la que cuidaba a tu hijo, lo dejaba adentro del cantero de las plantas de la vereda. A mí me daba apuro porque ahí hacían sus necesidades los perros de la cuadra. Lo hacía para conversar con el policía que cuidaba la fábrica de enfrente”. Y tras un suspiro, apoyando una palma sobre su frente, deslizó: “Ah, y otra cosa. Un día entró a tu casa acompañada de un hombre muy robusto”.
Corroboré, así, mi hipótesis. Daniela era una maga. Una maga de la plancha. Una maga de la lechuga. Una maga de la lavandina. Una maga de los vidrios. Una maga de la seducción. Y una maga excepcional del hurto.
Foto Elizabeta Kozorero