
Tiene una mirada más cargada de bondad que de razones. Es dueño de un caminar pausado, que en cien kilos y 1,85 de estatura, lo hace lucir como esos osos de los documentales de National Geographic acercándose a la pantalla en cámara lenta. Sus ojos marrones, pequeñísimos y adoloridos tienen una ternura larga como la Argentina.
Por Pilar Ferreyra
Manuel tenía una de las historias más trasgresoras que yo había escuchado hasta ese momento. No porque fuera un anarquista pone bombas, o un militante social dispuesto a dar la vida por un mundo mejor. No, su historia era disruptiva porque su madre era una mujer decidida, de deseos ardientes y a la que no le gustaban los límites. La concepción de Manuel había sido, en síntesis, un acto revolucionario.
Nunca la conocí, pero según Manuel, era creativa, compañera, maternal y dueña de una personalidad que no encajaba mucho con este mundo hecho para gente que se adapta. Como muchas madres nacidas en la primera mitad del siglo XX, no era de dar muchas explicaciones. Ni de hablar de su pasado, ni de sus decisiones, ni de nada.
El primer momento problemático en la vida de Manuel fue que ella, su madre, creyente, católica de manual, de las que todos los domingos asiste a misa y lleva a cabo todas las liturgias de la doctrina, se enamoró del cura de la parroquia de barrio Norte con quien ella se confesaba. Loca por él, en un retiro espiritual de una semana fuera de la ciudad de Buenos Aires, entre grillos y perfumes de jazmines, logra zambullirse en la habitación del cura. Y queda embarazada.
El segundo momento problemático en la vida de Manuel fue que a pesar de que el cura, años después abandonó los hábitos e incluso llegó al matrimonio con otra feligresa con la que tuvo dos hijos; a pesar de que años más tarde le dio su apellido a Manuel, nunca le dio un trato de hijo. Si le dio su apellido fue por amor al prójimo. Su padre biológico hizo hasta lo imposible, se mordió la lengua, actúo hasta los más mínimos gestos para demostrarle a Manuel que él no era el hijo que él hubiera elegido; sino, un hijo impuesto por una noche de la que él jamás se haría cargo. Como si la madre de Manuel le hubiera puesto una 22 milímetros en la sien para obligarlo a tener orgasmos con ella.
El verdadero dolor de Manuel fue que jamás, en más de cuarenta años, logró escuchar la palabra “hijo” resbalarse, ni a los tropiezos, de la boca de su padre biológico. Para el ex cura, Manuel nunca fue más que un cristiano con su mismo apellido en el documento. Tan es así, que en su lecho de muerte, lo hizo llamar para despedirse. ¿Por qué debería ir a verte?, preguntó Manuel del otro lado del teléfono esperando que en sus últimos instantes de corazón latiente, su padre por biología, rindiera su estúpido orgullo respondiéndole algo similar a: “Porque sos mi hijo”. Pero no. El ex cura hizo un largo silencio que jamás terminó. Manuel colgó y al día siguiente se enteró que el corazón de un cristiano egoísta, se había apagado para siempre.
Foto Robert Nagy