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Enfoque feminista sanitario de la Ley de Glaciares

En estos días se habla de modificar la Ley de Glaciares N.º 26.639, por lo que es imperioso dejar en claro que no es un simple cambio normativo, al contrario, es una decisión sobre la vida, el agua y quiénes pueden, o no, seguir existiendo, flora y fauna en su amplia inmensidad y humanos en todas las interseccionalidades que atraviesan.



Por  Dra. Patricia Rippa.  M.P. 1291

Existe intención de habilitar la explotación en estas zonas, lo que abre una puerta a la destrucción, es intervenir los ciclos del agua, romper equilibrios milenarios y poner en riesgo todas las formas de vida que dependen de ellos.

Explotar este elemento vital implica, a mediano y largo plazo, un acto de violencia contra la vida y los ecosistemas de los que formamos parte, poniendo en riesgo la sostenibilidad de toda forma de vida, avanzando hacia un proceso de ecocidio acumulativo e irreversible, en nombre de un supuesto progreso tecnológico y crecimiento financiero.

Propongo cuestionar esta afirmación, ya que la lógica de la globalización nos reduce a cifras dentro de grandes ecuaciones económicas, sin contemplar la realidad cotidiana de las comunidades, en ese esquema, el concepto de “glocalización” rara vez se traduce en beneficios reales para los territorios, por el contrario, deja impactos de los que no es posible recuperarse.

El interés extractivo se centra en recursos como el cobre que es clave para la transición energética global. El litio, junto con Chile y Bolivia, posiciona a Argentina en el denominado “triángulo del litio” (salares de Uyuni, Atacama y Hombre Muerto), fundamental para la producción de baterías utilizadas en autos eléctricos y dispositivos electrónicos, pero la otra cara de la moneda también nos dice que no es un símbolo de oportunidad, es un mapa de disputa, de apropiación y de despojo.

Por otra parte, el oro y la plata continúan siendo altamente demandados por su valor económico.

En cada territorio contaminado se lleva adelante la política del descarte, un intercambio constante entre minusvalías y plusvalías, de explotados y explotadores, de poderosos extraños sobre empobrecidos y enfermos conocidos y un sistema sanitario precario, agotado o ausente.

La llamada “minería verde” es una contradicción en sí misma, porque no evita el consumo de agua, y contamina con sustancias toxicas liberadas al ambiente en millones de litros por día que arrasa los ecosistemas con mercurio, cianuro, arsénico, plomo, deteriorando cuerpos intoxicados y enfermando territorios.

Es importante saber que la minería a cielo abierto utiliza hasta 3.000 litros de agua por tonelada de roca procesada, en grandes explotaciones, se pueden extraer hasta 20.000 toneladas por hora, lo que equivale a un consumo de hasta 60 millones de litros de agua por hora, o aproximadamente 1.440 millones de litros por día, estos niveles hacen extremadamente difícil compatibilizar la actividad minera con la sostenibilidad ambiental.

Recordemos el descuido minero en Veladero en San Juan 2015, donde se vertieron millones de litros de solución cianurada en ríos cercanos, afectando varias cuencas hídricas. hay que entender que no fue solo un accidente, como especie con conciencia debemos ser capaces de tomarlo como una advertencia, hagamos memoria, millones de litros de solución cianurada fue liberada en ríos, afectando comunidades enteras, cercanas y a distancia, con una impunidad que sigue corriendo como ese mismo derrame, años después, los procesos de remediación aún no han dado resultados concluyentes, reportándose síntomas de intoxicación en poblaciones próximas.

Aprovecho esta oportunidad para decirlo con claridad, no existe minería sustentable cuando el agua se contamina y las tierras se vuelven inhabitables. Allí donde el territorio es arrasado, son los pueblos quienes sostienen la vida, y dentro de ellos, son las mujeres y las redes comunitarias las que se constituyen en verdaderos entramados de contención.

El extractivismo no es un fenómeno aislado, forma parte de un sistema de profundas asimetrías de poder que intensifica la desigualdad. Sus impactos recaen con mayor crudeza sobre las mujeres, afectando su salud reproductiva y aumentando su vulnerabilidad económica y física. En muchos casos, esto se traduce en la expulsión de comunidades enteras y en la migración forzada hacia ciudades donde las promesas de oportunidades rara vez se concretan.

Este proceso agrava la pobreza, el analfabetismo, la falta de acceso a controles sanitarios, la ausencia de políticas de salud sexual y reproductiva, y el incremento de violencias, especialmente las sexuales. También se observa un aumento de embarazos adolescentes y una profundización de condiciones de vida precarias que invisibilizan las voces de quienes más sostienen el tejido social, produciendo una profunda feminización de la pobreza.

En Argentina, los hogares monomarentales representan el 23,3 %, y son, en su mayoría, los que cargan con la responsabilidad de la reproducción social en contextos cada vez más adversos. Hablar de extractivismo es, entonces, también hablar de género, de desigualdad y de las vidas que quedan en los márgenes de un modelo que prioriza la renta por sobre la vida.

Diversos estudios de organizaciones sociales señalan que la minería profundiza las desigualdades de género, aumenta la carga de trabajo de cuidados, limita el acceso al agua, incrementa la violencia y excluye a las mujeres de los procesos de consulta y toma de decisiones.

Por otra parte, la contaminación implica la liberación de sustancias altamente tóxicas en los caudales acuíferos, el suelo y el aire, con consecuencias profundas y múltiples, entre ellas graves impactos en la salud humana.

Entre los compuestos más letales se encuentra el cianuro, que bloquea la capacidad de las células para utilizar oxígeno y producir energía, generando una asfixia química a nivel celular. Esto provoca daños severos en el corazón y el sistema nervioso central, pudiendo derivar en parálisis y muerte. Por su parte, el ácido sulfúrico es altamente corrosivo, daña la piel, los ojos y las vías respiratorias, y su exposición prolongada puede desencadenar enfermedades como EPOC, enfisema e incluso insuficiencia cardíaca.

El mercurio afecta profundamente el sistema nervioso, especialmente en niñas y niños, causando temblores, pérdida de memoria, parálisis y muerte. El plomo, en tanto, impacta directamente en el embarazo, provocando bajo peso al nacer, abortos y alteraciones en el desarrollo. El cromo hexavalente se asocia a malformaciones congénitas y distintos tipos de cáncer, mientras que el cadmio daña riñones, pulmones y altera el metabolismo óseo. Incluso elementos esenciales como el zinc, en concentraciones elevadas, pueden generar náuseas, vómitos y debilitar el sistema inmunológico. Otro de los contaminantes más peligrosos es el arsénico, altamente tóxico y cancerígeno, vinculado a efectos teratogénicos, nacimientos prematuros, bajo peso al nacer, abortos y severos daños neurológicos.

Hablar de contaminación no es hablar de algo abstracto, es hablar de cuerpos, territorios y vidas expuestas a sustancias que enferman, dañan y matan.

Detrás de estos proyectos extractivos se encuentran, en muchos casos, empresas multinacionales, principalmente de Canadá, Estados Unidos, Suiza y el Reino Unido, que están interesadas en explotar nuestros recursos, y aunque estemos aferrados a estos espacios ellos nunca nos verán, no tienen la distinción para hacerlo.

Carl Jung decía que “solo vemos afuera lo que llevamos dentro”, estas corporaciones no pueden vernos porque no llevan dentro esta conexión, nuestra historia compartida.

Desde una mirada antiespecista, no puedo sostener un modelo que proyecta arrasar ecosistemas completos como si fueran descartables, cada río contaminado, cada glaciar intervenido, cada suelo envenenado es una forma de violencia que se expande más allá de lo humano.

La destrucción del planeta es ecocidio y también es una forma de colonialismo contemporáneo, porque mientras las ganancias se concentran en corporaciones globales, los costos quedan en cada lugar. Tenemos el deber de hacer memoria, porque de lo contrario la historia se repite.

La tierra no es un depósito de recursos inagotables, es un entramado vivo del que somos parte, una simbiosis universal entre nuestro cuerpo, pensamientos, emociones y el planeta que nos crea, defender el agua es defender la vida, la vida es tomar posición, y creo que el silencio también es una forma de complicidad, muchas injusticias se cometen en la oscuridad de la indiferencia, y lo sabemos muy bien.

Podemos avanzar hacia la contaminación, la desertificación, el deterioro irreversible y la extinción o podemos priorizar el cuidado, contemplar su infinita belleza e inagotable fuente vital y dejar un eterno y magnífico mensaje a las generaciones venideras, “Fuimos conscientes al punto de dejarles como legado un hogar donde la vida pueda seguir siendo posible.”