
A los 74 años, Don Ramón mira hacia atrás y encuentra en sus hijos y nietos la mayor recompensa de toda una vida. Trabajador municipal, apasionado por el fútbol y testigo de generaciones enteras, asegura que no hay triunfo más grande que ver a la familia crecer.
Por más de cuarenta años. Don Ramón se levantó antes de que saliera el sol. Mientras la ciudad todavía dormía, él ya estaba en camino hacia su trabajo. Lo hizo durante décadas, con frío, calor, lluvia y cansancio. No había excusas cuando del bienestar de su familia se trataba.
Hoy tiene 74 años. El cabello blanco y las arrugas en el rostro cuentan una historia de sacrificio, pero también de satisfacción. Porque detrás de cada jornada laboral habia un objetivo claro: que sus hijos tuvieran oportunidades que él nunca tuvo.
Junto a su esposa formó una familia numerosa. Los años no fueron fáciles. Hubo momentos en que el dinero apenas alcanzaba, épocas en las que cada gasto debía pensarse dos veces y tien pos en los que los sueños parecian demasiado grandes pa para el bolsillo. Sin embargo, nunca dejó de insistir en algo que repetia como una enseñanza sagrada: estudiar era el camino para ahrir puertas.
Con el paso de los años, la apuesta dio resultado. Algunos de sus hijos se recibieron de docentes. Otros, eligieron profesiones y oficios distintos. Cada uno encontró su runibo, construyó su propia historia y aprendió a caminar con independencia. Pero todos conservan algo en común: los valores que recibieron en casa.
Cuando habla de ellos, la emoción le cambia la voz. No distingue logros ni profesiones. Se siente orgulloso o de de todos todos por igual. "Lo importante es que sean buenas personas. Que trabajen, que respeten a los demás y que sean felices", dice emocionado.
EL PREMIO DE LOS AÑOS
Si sus hijos representan el fruto de toda una vida de esfuerzo, sus nietos son hoy la alegría cotidiana.
Don Ramón disfruta cada encuentro familiar como un regalo. Le gusta escucharlos, acompañarlos, ver cómo crecen y compartir con ellos historias de una época disti distinta. Para sus nietos es mucho más que un abuelo; es una presencia constante, una referencia de cariño y experiencia.
Los observa correr, jugar y proyectar sus propios sueños, y encuentra en ellos una continuidad de aquello que comenzó a construir hace más de medio siglo. "Ahora me toca disfrutar. Ya trabajé mucho. Hoy lo más lindo es ver crecer a los nietos", cuenta con una sonrisa serena.
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