
La pregunta que atraviesa por estas horas a América Latina y al Sur Global no es solo qué pasó en Venezuela, sino por qué pasó ahora. ¿Por qué Donald Trump decidió avanzar militarmente, secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama, y ejecutar una operación de fuerza de alto impacto internacional en este momento preciso y no antes, ni después?.
Por Martín Illanez, Universidad Popular La Rioja
La respuesta no está en el narcotráfico, ni en la democracia, ni en la seguridad hemisférica. Está en un sistema monetario que hace agua y en un imperio que empieza a descubrir que ya no puede sostener su poder sin recurrir abiertamente a la violencia.
El tiempo del dólar
Desde 1974, Estados Unidos sostiene su hegemonía económica sobre un acuerdo tan simple como brutal: el petróleo se vende en dólares. A cambio, Washington garantiza protección militar a los grandes productores. El pacto, sellado por Henry Kissinger con Arabia Saudita, creó una demanda artificial y permanente de la moneda estadounidense. No importa cuán endeudado esté el Tesoro norteamericano: el mundo necesita dólares para comprar energía.
Ese esquema permitió durante medio siglo financiar déficits crónicos, guerras interminables y un complejo militar-industrial sin equivalentes históricos. El petrodólar fue —y sigue siendo— más decisivo que cualquier portaaviones.
Pero ese reloj empezó a correr en contra.
Venezuela y la línea roja
Venezuela no es un país más en ese tablero. Posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta: 303 mil millones de barriles, cerca del 20 % del total mundial. Y, a diferencia de otros productores, tomó una decisión estratégica que en Washington se leyó como una declaración de guerra.
Desde 2018, Caracas comenzó a vender petróleo fuera del dólar: en yuanes, euros y rublos. Construyó mecanismos de pago directos con China por fuera de SWIFT. Solicitó formalmente su ingreso a los BRICS. Se integró a un bloque que impulsa la desdolarización del comercio internacional y el desarrollo de sistemas financieros alternativos.
No fue un gesto simbólico. Fue un movimiento estructural.
Venezuela no solo desafiaba al dólar: tenía el volumen de recursos para sostener ese desafío durante décadas.
Ahí aparece el “ahora”.
El patrón histórico
Estados Unidos ya recorrió este camino. En el año 2000, Saddam Hussein anunció que Irak vendería petróleo en euros. Tres años después, Bagdad era invadida y el crudo volvió a cotizarse en dólares. Nunca aparecieron las armas de destrucción masiva.
En 2009, Muammar Gaddafi propuso una moneda africana respaldada en oro para el comercio energético. En 2011, la OTAN bombardeó Libia. El “dinar de oro” murió junto a él. Los correos electrónicos filtrados de Hillary Clinton confirmaron que ese proyecto monetario fue una de las motivaciones centrales de la intervención.
El mensaje fue claro entonces y vuelve a serlo hoy: quien desafía al petrodólar, cae.
Trump, sin eufemismos
La novedad no es la lógica imperial, sino su explicitación. Stephen Miller, asesor de seguridad nacional, lo dijo sin rodeos: el petróleo venezolano “pertenece” a Estados Unidos porque empresas norteamericanas lo desarrollaron hace un siglo. No hay preocupación por la legalidad ni por la soberanía. Hay una reivindicación directa del derecho de apropiación.
Trump no necesitó inventar excusas sofisticadas. Recurrió al viejo libreto del narcotráfico, el mismo usado en Panamá en 1990 para capturar a Noriega. No es casual: el secuestro de Maduro ocurrió el 3 de enero de 2026, exactamente 36 años después de aquella invasión. La historia no se repite, pero insiste.
El mundo cambió
La diferencia es que hoy el contexto global es otro. Rusia comercia energía en rublos y yuanes. Irán hace años que opera fuera del dólar. China consolidó CIPS, su alternativa a SWIFT, con miles de bancos en más de 180 países. Los BRICS avanzan en sistemas de pago propios y representan ya cerca del 40 % del PBI mundial.
Una Venezuela integrada plenamente a ese bloque, con semejante volumen de petróleo, aceleraría un proceso que Washington ya no logra contener por medios económicos.
Por eso ahora. Porque el petrodólar está en retroceso y Estados Unidos eligió responder con fuerza antes de que el cambio sea irreversible.
El efecto boomerang
La paradoja es que esta agresión puede producir el efecto contrario al buscado. La invasión no disciplinó al mundo: lo alertó. Cada país del Sur Global entendió el mensaje, pero también su consecuencia lógica: la única defensa frente a la coerción es avanzar más rápido en la desdolarización.
Cuando una moneda necesita bombarderos para sostenerse, deja de ser una moneda fuerte y pasa a ser un instrumento de dominación en retirada.
Venezuela no es el inicio de esta crisis. Es su síntoma más explícito. Y quizás, también, el anuncio de que el orden nacido en 1974 entra en su fase final.
El interrogante ya no es si el mundo seguirá usando el dólar, sino cuánto tiempo más estará dispuesto a hacerlo bajo amenaza.
Martin Ilanez, abogado, licenciado en Ciencia Política, rector de Universidad Popular La Rioja