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Carnaval de Río de Janeiro: samba, historia y emoción en el Sambódromo

La primera noche de desfiles del Carnaval de Río de Janeiro transformó el Sambódromo en un cauce de luz, música y emoción que parecía no tener orillas. Desde temprano, una marea humana avanzó por las avenidas cercanas al Sambódromo de la avenida Marquês de Sapucaí, envuelta en lentejuelas, coronas improvisadas y banderas de escuelas de samba que ondeaban como estandartes de una batalla festiva.



En el aire flotaba una mezcla de perfume, sudor y pólvora de fuegos artificiales, mientras los vendedores ambulantes ofrecían refrescos y bocadillos al ritmo de los primeros tambores que anunciaban el inicio de la gran noche. Cuando se apagaron las luces de las tribunas por un instante y se escuchó el rugido de la batería inaugural, la avenida se convirtió en un escenario gigantesco donde cada paso era una declaración de identidad.

El carnaval carioca volvió a demostrar que no es solo un espectáculo, sino una narración colectiva que une historia, política, memoria popular y esperanza, indica la Agencia Noticias Argentinas.

La encargada de abrir la noche fue la escuela Acadêmicos de Niterói, que regresó al Grupo Especial con un desfile marcado por la fuerza de su mensaje social. Su enredo, dedicado a la trayectoria del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva (presente en un palco), recorrió episodios de la infancia humilde del líder político, su paso por el sindicalismo y su llegada al poder. Carros alegóricos gigantescos mostraban escenas de fábricas, barrios obreros y plazas populares, mientras cientos de bailarines vestían trajes que mezclaban símbolos del nordeste brasileño con colores intensos de rojo y dorado.

El público respondió con aplausos largos y cánticos que se confundían con el samba-enredo, convirtiendo la Sapucaí en un coro multitudinario. Tras ese inicio cargado de significado político, la avenida se tiñó de arte y metamorfosis con la llegada de Imperatriz Leopoldinense. Su desfile fue un homenaje a la libertad creativa ya la figura del cantante Ney Matogrosso, icono de la música brasileña. Plumas gigantes, máscaras brillantes y coreografías audaces evocaron la idea del camaleón, capaz de transformarse sin perder su esencia.

Más allá de la competencia, la primera noche estuvo marcada por una atmósfera de convivencia. Familias enteras compartieron bancas en las gradas, los turistas se mezclaron con veteranos sambistas, y los fotógrafos corrieron de un lado a otro buscando capturar el instante perfecto: un giro de falda, una lágrima de emoción o un beso lanzado al público desde un carro alegórico.

Cada escuela dejó su huella, y el público respondió con una energía que se mantuvo viva hasta el amanecer; fuera del Sambódromo, la ciudad seguía latiendo al ritmo del carnaval.