
La Rioja no fue una provincia periférica de la historia argentina. Fue uno de sus corazones rebeldes. Hoy te proponemos un 25 de Mayo repensando los caminos de la dignidad federal.
Por Gabriel Genri y Julio Delgado
Desde estas tierras secas, ásperas y luminosas nació una forma de entender la Patria que nunca aceptó arrodillarse ante el poder concentrado de Buenos Aires ni ante los imperios extranjeros. Aquí el federalismo no fue una teoría escrita en libros: fue una necesidad vital de los pueblos del interior que defendían su derecho a existir con dignidad. El pueblo riojano aportó a la construcción de la Argentina la convicción profunda de que la Nación debía organizarse desde la justicia social, el respeto a las provincias y la soberanía popular.
Mucho antes de la organización nacional, el pueblo riojano ya participaba activamente de las luchas por la emancipación americana aportando a las campañas libertadoras del general José de San Martín. Desde territorio riojano partieron columnas del Ejército de los Andes que liberaron a Chile. El interior argentino no fue un espectador de la historia: fue protagonista central de la lucha por la libertad y la unidad de la Patria Grande.
Ese compromiso emancipador también se expresó en el protagonismo del diputado riojano Pedro Ignacio de Castro Barros en la Declaración de la Independencia, redactada en quechua y español.
Desde el interior profundo surgió una visión de Patria basada en la soberanía de los pueblos y la participación de las provincias en igualdad de condiciones en la construcción nacional.
Con el paso de los años, aquella lucha emancipadora continuó bajo nuevas formas. Ya no contra la corona española, sino contra los mecanismos de dependencia económica y concentración política que intentaban convertir a las provincias en territorios subordinados.
Por eso en los llanos riojanos ardió la montonera federal con Ángel Vicente Peñaloza, Facundo Quiroga y Felipe Varela, los grandes símbolos de las mayorías populares del siglo XIX. Su lucha no fue bandolerismo, como escribieron las élites porteñas; fue resistencia popular frente a un modelo de país pensado para pocos.
También desde La Rioja emergió la figura de Joaquín V. González, intelectual, educador y pensador de la organización nacional, que entendió que la educación pública debía ser una herramienta de integración y desarrollo para los hijos del interior profundo. La Rioja aportó pensamiento, cultura y visión estratégica para construir una Argentina más equilibrada y humana.
Décadas más tarde, otra voz riojana volvería a conmover la conciencia nacional: la del obispo Enrique Angelelli, pastor de los pobres, defensor de los trabajadores rurales, de las cooperativas y de las comunidades olvidadas del interior. Angelelli comprendió que el Evangelio no podía separarse del sufrimiento concreto de los humildes. Su prédica por una Iglesia comprometida con el pueblo lo convirtió en una de las figuras morales más profundas de la Argentina contemporánea.
Junto a él caminaron y dieron la vida los mártires riojanos: Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera. Ellos sembraron una espiritualidad profundamente latinoamericana, donde la fe se expresa en el compromiso con la justicia social, la dignidad humana y la organización popular.
Esa huella ética y pastoral iluminó también buena parte de la prédica universal del Papa Francisco. La idea de una Iglesia pobre para los pobres, el rechazo a la cultura del descarte y la defensa de los movimientos populares encuentran profundas resonancias en aquella experiencia riojana de comunidad, solidaridad y compromiso con los últimos.
Pero los aportes riojanos no quedaron detenidos en la memoria histórica. El pueblo riojano siguió construyendo futuro.
La cultura popular riojana sostuvo las raíces profundas de la identidad nacional. La Chaya, los encuentros comunitarios, el trabajo cooperativo, las economías familiares y el sentido solidario de barrio mantuvieron viva una idea de comunidad organizada que resiste al individualismo extremo que hoy intenta imponerse. En cada mate compartido, en cada olla popular, en cada centro vecinal que se levanta pese a las dificultades, existe una herencia histórica de fraternidad colectiva.
Y en tiempos más recientes, La Rioja volvió a colocarse a la vanguardia de la discusión democrática continental con la Reforma Constitucional de 2024. Aquella reforma no sólo actualizó normas institucionales: expresó un nuevo paradigma de derechos para el siglo XXI.
La Rioja se posicionó como una de las experiencias constitucionales más avanzadas del mundo al incorporar derechos sociales, económicos, productivos, culturales, ambientales y humanos de cuarta generación, consolidando además mecanismos de democracia participativa que fortalecen el protagonismo popular en la toma de decisiones públicas.
Allí quedaron plasmados principios vinculados al acceso al agua, la energía, la conectividad, el desarrollo productivo con justicia social, la economía popular, la igualdad de género, la participación ciudadana y la defensa integral de la dignidad humana. En un contexto global donde muchos Estados retroceden en derechos, La Rioja decidió ampliar ciudadanía y profundizar la democracia.
La historia oficial muchas veces intentó silenciar al interior profundo. Pero la Argentina no puede comprenderse sin La Rioja. Porque aquí nació una idea de Patria donde nadie se salva solo.
Una Patria donde el federalismo no sea discurso vacío sino distribución real de oportunidades. Una Patria donde el pueblo trabajador tenga voz. Una Patria donde la dignidad humana valga más que el mercado.
Y quizás ese siga siendo el aporte más grande del pueblo riojano a la Argentina: recordarle permanentemente a la Nación que sin justicia social, sin comunidad y sin soberanía popular, no existe verdadera Patria.
Julio Delgado, presidente Copegraf.
Gabriel Genri, Universidad Popular.