
Sin embargo, incluso en las caídas y en los errores cometidos existe un enorme valor: la posibilidad de aprender qué no repetir. Como dice el viejo en el libro: "Me dí cuenta que no podía inventar la pólvora, hijo. Que no tenía tiempo para caminar a oscuras con los ojos vendados, así que decidí buscar faroles".
Si bien la globalización y la tecnología avanzaron a una velocidad impresionante —al punto de ofrecernos respuestas automáticas en cuestión de segundos— no podemos olvidarnos de quiénes somos, de nuestra esencia humana y de nuestro origen. Las respuestas automáticas funcionan como una pastilla que se le da a todos por igual: siempre es la misma. En cambio, los seres humanos somos absolutamente distintos unos de otros, porque nadie ha vivido las mismas experiencias que otra persona.
Ahí reside la verdadera riqueza: en ese tesoro cargado de emoción, de vivencias irrepetibles, desde donde podemos nutrirnos, elegir y tomar lo que necesitamos a través de una conexión humana genuina.
Con el paso del tiempo, estas relaciones intergeneracionales se han ido perdiendo, especialmente en Occidente. En algunos países de Oriente, la realidad es muy distinta.
“Hace poco estuve en Ginza, Tokio —Japón—, y puedo asegurar que allí se respira un profundo respeto y admiración de los más jóvenes hacia los adultos mayores. Ese trato, casi ceremonial, se percibe de inmediato. Algo similar pude observar en culturas como la turca o la china, donde el respeto hacia los mayores sigue siendo un valor central” confiesa el Escritor.
La conexión familiar se fue diluyendo poco a poco
Muchos jóvenes, con menor contención emocional, encontraron refugio en el celular y en la tecnología.
En mi el libro El viejo el joven y el perro se da justamente una interacción poderosa: toda la tecnología del mundo no lograba darle al joven ninguna respuesta para encauzar su vida. Hasta que aparece el Anciano. Su pasado enigmático captura la atención del joven y despierta en él —y en el lector— un fuego interior de una intensidad realmente exponencial.
A partir de ese encuentro, los sueños y las tormentas atraviesan las barreras del tiempo. Un pasado que sana las heridas de un presente, donde conceptos como éxito, prosperidad y felicidad recuperan la coherencia emocional que verdaderamente merecen.
“Dejar de lado estas interacciones entre generaciones es como conformarnos con tomar la misma pastilla que toman todos, esperando que por sí sola genere cambios internos profundos.
Pero existe otro valor imposible de medir con dinero: el de los momentos mágicos. Esos que solo pueden sentirse y no comprarse”, concluye Diego Martín.